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Peleas de Gallos* Por Guillermo Prieto

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Peleas de Gallos* Por Guillermo Prieto

Mensaje por Admin el Jue Sep 17, 2009 7:15 pm

Peleas de Gallos*
Por Guillermo Prieto





Otros han hablado sobre el origen histórico de esta diversión, si tal nombre merece: ¡bonito yo para meterme en camisa de once varas!

Compro mi boleto, lo doy en la puerta, recojo mi contraseña para entrar y salir libremente, y heme dando vueltas alrededor del palenque mientras comienzan las tapadas.

La plaza respira frescura: en las extensas gradas pocos han tomado asiento; uno que otro tahúr que va a buscar; taciturno, solaz por sus pérdidas; uno que otro fuereño con su consorte de tápalo de burato, y su fruto amoroso de calzoneras y manga bordada: en los primeros palcos brilla en toda su modesta elegancia el bello sexo, plumas y gorros, trenzas sembradas de vistosas flores, chales de punto y trajes blancos como la nieve, diestras manejan sus luengos abanicos, festivas saludan, afables sonríen y galanas embellecen el espectáculo.

A la entrada del palenque está el juez con sus calzas y navajas: los petimetres pasean galanteando a las bellas; los conocedores han tomado sus asientos cercanos a la liza; desahogan sus eternas cuitas los tahúres, aprovechan el tiempo los amantes; y algunos refrescan, indiferentes a cuanto pasa en su derredor:

-¡Ave María purísima!

Ésta es una voz chillona y enérgica; la da el "gritón", que es un demócrata de nariz aguileña y ojos vivos, frente deprimida y boca de polo a polo; el sombrero le cubre únicamente la nuca; por su abierta camisa se distingue su pecho enrojecido, tabernáculo de Baco: lleva su vara en la mano, como signo de mando y de castigo a los profanos que invaden el palenque.
-¡Ave María purísima! Aquí esta el gallo.



La regocijada música de cuerda responde a su segundo grito; los sonoros bordones del bajo, el rasgado acento de los bandolones subversivos y los suspiros voluptuosos de la flauta.

Aletean los gallos, alzan el pico y cantan, sacudiéndose como un guerrero al anuncio de la trompa marcial.

-¡Ave María purísima! va el primer mochiller de a 200 pesos.
-Cinco pesos a Juan.
- Tres pesos a Juan.
-Chit, venga.
-El colorado.
-El giro.
-Dos onzas a Ledesma.
-Venga.
-Ocho a seis a Juan.
-Seis pesos a Ledesma.

Pregónanse las apuestas, cacarean los combatientes en las manos de los jugadores, se afirman y se lían las navajas, y el juez se cerciora si hay buena fe, lo que no siempre sucede.

-Se van los gallos, cierren la puerta.

Cesa el voceo y pisan la liza los soberbios rivales.

El público enmudece, los que se hallan en el palenque se achican y se sientan con sus sombreros entre las piernas, el juez vigila, y ocupan la atención los dos combatientes.

Se acercan con marcialidad, tienden el cuello y se provoca a la lid de muerte; erizan las plumas tornasoladas de su garganta, se alejan un momento y chocan sus aceros... se levanta un ligero murmullo ... Vuelven, saltan impetuosos, un rival casi toca a su adversario, que con el pecho en tierra para el golpe y lo deja volar sobre su cabeza; se traban los picos, brotan fuego sus ojos, y asidos, ciegos, destrozándose en silencio, marchan unidos un gran trecho, luego se separan, se embisten ... un rastro de sangre se percibe en la liza.




Los padrinos del duelo ocurren, se cercioran del buen estado de las navajas, humedecen la cresta, el pico y debajo de las alas a sus ahijados, y prosigue la lucha.

La ansiedad crece, los apostadores vacilan, las plumas se desprenden leves y riegan el suelo, recogiéndolas ávidos y comiéndoselas los supersticiosos galleros, que creen con esto asegurar el triunfo de sus respectivos ahijados; la sangre correde ambos rivales, un instante uno de ellos vacila, quiso huir... y la execración pública lanzaba su anatema: cuando volvía al combate, redoblándose los golpes, cruzáronse las navajas ... y moribundo, pero lleno de ardor buscando al contrario, cae anegado en su sangre uno, el otro inmóvil observa sus movimientos, hace un ahínco el terri­ble moribundo, y acobardado su enemigo huye, el vencedor muere en medio de los aplausos de su triunfo ...

- Ave María purísima
-Se hizo la chica.

Levántase un clamor universal, suena el dinero de las apuestas y después el estrepitoso gritón clama:

-No hay quien reclame. Abran la puerta.

Resuena entonces ruidosa la música de viento, tornan a sus paseos los petimetres, a sus saludos las damas, y todo cobra el aspecto del principio.

Los galleros por demás insolentes tercian conversaciones con varios petimetres que allí se la dan de conocedores; tal viejo remozado por hacerse a las armas con todo y sus graves anteojos y su cabello blanco, coge un gallo, ofreciendo una caricatura de San Pedro.
Los galleros, digo, altercan y prorrumpen en voces no muy dignas del bello sexo, medran con la inocencia de los unos y no siempre es inmaculada su conducta, al amarrar y soltar a las aves guerreras.

*Publicado en Costumbres y tradiciones mexicanas-José Rogelio Álvarez-Everest 2008
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